Mostrando entradas con la etiqueta Historia de una historia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Historia de una historia. Mostrar todas las entradas

martes, 17 de marzo de 2009

¿¿¿¿Pero qué es esto?????

Sin noticias varios días después de mi visita al Cuestorado. Ya llegarán y mientras, en el curro, atendiendo a mis buenos camaradas que piden mobiliario y lanzas para defender sus ínsulas de los continuos saqueos.

Aburrido como una ostra decido cerrar. Otro día más y sin noticias de Flavio. Llega la noche, y después de cenar en el triclinium, gachas con queso de cabra para su interés, me desvisto y me acuesto. Sigo dándole vueltas, más vueltas y voy revolviéndome como huevo revuelto a la misma idea: ¿Me tomarían el pelo al decirme aquello? ¿Me han creado falsas ilusiones? Alguien llama dando golpes a la puerta. “Pam, pam, pam”. Enciendo una candela, me pongo lo mínimo para abrirla y ¡cuál es mi sorpresa!

-Ave, mi sublime nombre es Flavio Quinto Metelo. ¿Eres ése, el tal Sexto Marciano? El secretario decía verdaderas maravillas de ti, nada raro ya que ese imbécil siempre las dice. Espero que no me haga perder el tiempo. A ver, dime: ¿Dónde naciste?

-En Hipona, África. Tuve que huir de casa por-

-No es necesario que me expliques tu insignificante vida. No me es necesaria- Flavio, como buen patricio viste la típica indumentaria de toga blanca sin ornamentos. Rondará la cincuentena. Alto y delgado con pelo canoso, nariz aguileña y ojos verdes imponentes y penetrantes. Da pavor y habla con la típica gilipollez de los patricios-Vengo a darte cita para cumplir una misión que determinará si eres apto para el puesto y ver cuán bueno eres en las labores que yo te imponga. Ya sé que no es tarea mía venir a avisarte, pero mi criado ha enfermado, hoy en día no se consiguen buenos esclavos que cumplan las tareas encomendadas, además empiezan a escasear en Occidente. Ven mañana al Foro de Augusto cuando el Sol alcance su máximo. ¿Entendido? No te demores, estoy bastante ocupado y si no estás a la hora dicha, despídete de este trabajo. ¡Ave!

Sus pasos seguros y su porte erguido recuerdan a un ser magnánimo y majestuoso. Uno de aquellos reyes antiguos, una raza extinta de hombres. Es un hombre a respetar, aunque su prepotencia se le suba a la cabeza y le haga ser un completo imbécil, atributo que casi siempre tienen los sabios. Ésta es mi primera impresión, pero la oportunidad de salir de mi mísera vida, aburrida y vulgar, puede contra toda opinión que pueda tener. Apago la candela, me vuelvo a desvestir y me meto en el catre. Buenas noches.

Día siguiente. Hace viento y negras nubes amenazan tormenta. Está amaneciendo. Desayuno rápido, me pongo la mejor toga-y única- que tengo y salgo. Tomo la vía Aurelia hasta llegar al Monte Palatino y el Foro. El Coliseo al fondo impone el esplendor de un pasado glorioso, hoy en día clausurado. A decir verdad ya no hay entretenimientos en Roma. Los emperadores ya no viven aquí y se descuidan de la capital. En el Circo Máximo hace años que no compiten aurigas, porque no hay dinero y porque nadie se dedica a competir hoy en día. En medio de todo esto, el Foro Imperial. Me he pasado tres cuartos de hora caminando para llegar aquí. ¿A quién se le ocurre edificar una ciudad tan grande sin haberse inventado el auto-auriga? Son ganas de tocarle la moral a uno.

Al final arribo al Foro Augusto, en el momento señalado. Se ha despejado el cielo y el Sol está en el cénit. Espero, espero y no llega. El Sol está a punto de ocultarse bajo la Tierra, qué espectáculo tan bonito. El Sol poniéndose mientras la Tierra la acoge en brazos, el Coliseo y el Palatino al fondo adornando la imagen. ¡Qué espectáculo tan curs…! -“lari, lará, laróoooooo lariiii, laraaaaaaaaaaaa, larooooooooooooooooooooo”- Corriendo, bailando y saltando aparece un hombre viejo, de unos setenta, bajo y gordinflón, calvo y narigudo vestido de las togas de las équites. Está borracho como una cuba, sin duda. Es llegar y me increpa.

-¡Oye, dónde has estado! Yo, o sea Él ha estado esperándote por estos lares impaciente. ¡Dónde has estado eh!

-Perdone, pero ¿quién es usted?-¡¿Habla en tercera persona?!

-Yo, o sea él es Flavio Quinto Metelo. Équite y cronista del tercer Valentiniano, je je je. Pero como puede ser que no le reconozca si ayer le vio a su magnanimidad, je je je. Entonces eso, que ¿cómo es que ha llegado tan tarde? Ehhhh!! Jajajaja-risa de caballo demencial.

-Em…señor, a usted no le conozco. Yo he quedado aquí con el cronista Flavio Quinto, no con un patricio borracho que se hace pasar por Quinto Metelo

-Équite muchacho. Yo, o sea él es un équite. El gran Flavio Quinto Metelo. No soy un usurpador, yo soy Flavio Quinto Metelo. ¿ Por quién me tomas criajo? Y contesta a mi pregunta: ¿Dónde te has metido hasta ahora?

-Pero qué dice, ¡si he estado aquí desde que el Sol alcanzó su máximo!

-¡Ah! Será que se ha perdido yo, o sea Él por el camino. En fin, olvídese de este pequeño detalle. A decir verdad, ¿para qué habían quedado? ¡Ah, para darle la enhorabuena por superar la prueba que le planteó!

-¡Pero qué pruebas ni que leñe, pero si aún no me ha dicho qué tengo que hacer! ¡Pero usted que me ha de decir si no es Quinto Metelo, ni es nadie! ¡Déjeme hacer!

-¡Como que no! Cómo osas, te mandaré descuartizar como no me hagas un poco de caso. ¡Quién te crees que eres! Decirle estas cosas a Flavio Quinto…-de repente aparece alguien detrás del viejo asustándole. Es el verdadero Quinto Metelo. Yo lloro de alegría, porque por fin se aclarará todo el malentendido con el borracho. El gran Quinto Metelo le hará entrar en razón.

-Padre, ¿Qué haces? No tendrías que levantarte de cama tan tarde ni ir a beber hasta las tantas. Al final te constiparás.

Mi nombre es Constancio. Abandoné Hipona en el año CDXXX y heme aquí en Roma. Entré a trabajar para una familia de carpinteros cuyo hijo murió al caerse durante una reparación desde el tejado de una ínsula. Me acogieron y empecé a trabajar para ellos. Hoy en día también han muerto a causa de la peste de hace unos años y ahora llevo yo el negocio. La verdad es una vida pésima y no me da para vivir demasiado bien, por eso me gustaría entrar a trabajar para Quinto Flavio Metelo. Pero visto los acontecimientos de esta tarde, ¿qué he de hacer? Resulta que hay dos Quintos, y uno es hijo del otro. ¿Qué clase de broma es ésta?

viernes, 27 de febrero de 2009

De cómo entro en palacio

Año vigésimo primero del reinado de Valentiniano III, idus de Maius, día en que entré a formar parte de la corte como ayudante de cronista. Para los lectores XV-V-CDXLV.

Roma está patas arriba. Los soldados saquean buscando pruebas para arrestar y acusar a profesantes maniqueos, en su mayoría medas o persas. La causa es el edicto firmado por el emperador con el cual se condena la práctica del maniqueísmo, causa por la cual me dirijo a palacio a acusar conocidos. Es la labor de todo buen cristiano condenar y evitar la difusión de herejías como ésta, el arrianismo, el monofisismo, el nestorianismo, y un montón de herejías cristológicas surgidas a raíz de las discordancias entre Occidente y Oriente, entre Iglesia e Imperio, etcétera.

Después de chocarme con una infinidad de gentilicios diferentes, sobre todo medas, persas y babilonios y que soldados me detengan para preguntarme los motivos de mi marcha por la ciudad llego a palacio. Los guardias me registran y me dejan pasar. Ya dentro de palacio me fijo en el lujo de éste. Gente limpiando y arreglando los desperfectos. Columnas muy altas con techos llenos de ornamentos. Delante de las puertas, bustos de emperadores, como César, Marco Aurelio o Constantino.

Entro en la sala principal. Más bustos y estatuas. En el centro una gran estatua de César Augusto Constantino y César Octaviano Augusto, rodeados de serafines todos de oro a diferencia de los Césares que eran de bronce, he aquí la diferencia entre el poder divino y el poder terrenal y finito. Al lado de la estatua se encuentran dos senadores hablando entre ellos. Vestían las típicas togas blancas que caracterizan la curia romana (sólo los ciudadanos romanos y patricios pueden llevarla y es considerado un insulto que un ciudadano no romano la lleve). Me acerco y les pregunto:

-Disculpen, tengo que hablar con el secretario de palacio para acusar a unos maniqueos. ¿Dónde...-me interrumpen bruscamente:

-¡¿Te crees que soy el guía o qué?! ¡Búscala por ti mismo, perro!- me voy precipitadamente. La tensión en la calle también se respira en palacio por lo que veo, aunque simplemente es una excusa. Hoy en día ni los senadores tienen buenos modales.

Llego finalmente al cuestorado de palacio, donde se rigen los asuntos que conciernen al Emperador y al Imperio. Allí sentado se encuentra el secretario dictando sentencias con cara de angustia. Al verme entrar silba y a continuación aparece un muchacho por una puerta y se lleva todos los pergaminos con las sentencias. Me pregunta:

-Ave. ¿Qué desea?

- Ave, mi nombre es Constancio y me persono ante usted por varios casos de herejía. Como muy bien debe saber usted, por ser secretario, está condenada en territorio romano cualquier doctrina o práctica religiosa diferente del credo Niceno. Así pues debo decirle que por el edicto firmado por el emperador, en el día de ayer por el cual se condena el maniqueísmo, que…-el secretario me mira con la frente arrugada y la ceja arqueada

-Bien escucharé sus alegaciones mediante las cuales quiere usted condenar a sus conciudadanos. ¿Puede darme pruebas?

-Pruebas. ¿Qué pruebas son mejor que la verdad? Y la verdad es que esos extranjeros, que tienen la desfachatez de vivir y de gozar de la buena vida romana, aunque en los últimos tiempos la vida es más difícil y nuestra economía no está en su mejor momento pero eso no quita que somos la mayor potencia del mundo y que todos los pueblos tienen que admirar el modo romano, bla bla bla, ñañañaña.

El secretario continúa ceñudo. No sé qué pensará pero seguro que nada bueno. Al final, por qué me las doy de sabiondo sino sé nada de asuntos de palacio. Hay demasiada burocracia de por medio y si sigo así, cansaré al secretario y ordenará que me echen de palacio. Se correrá la voz de que Constancio Sexto Marciano ha sido expulsado del Cuestorado y mis amigos se reirán de mí. Ya oigo sus rebuznos. Tengo que evitarlo, venderé cara mi vida. Que se atreva este mindundi a decirme que me saca de palacio que…-interrumpe mis pensamientos.

-Oiga plebeius. ¿Por qué no entra a trabajar en palacio? Me cae bien, tiene las ideas claras y sabe lo que se debe hacer. Voy a proponerle al cronista Flavio Quinto Metelo para que sea su ayudante. Sé que es un tanto repentino, pero vamos falto de personal y gente con su moral son necesarios en esta época que nos ha tocado vivir. Ahora puede marcharse, mañana irán a llevarle la notificación de adhesión. Ave.

Consternado y con los ojos como platos salgo del palacio. Voy dándole vueltas a todo lo dicho por el secretario y en lo repentino de su decisión. “Mañana será otro día”, me digo. Y sí, lo será.

Mi nombre es Constancio. Carpintero de oficio. Un día mis padres me pillaron con una muchacha de abundante delantera y me obligaron a casarme con ésta fulana, por lo que me vi obligado a abandonar Hipona, en el norte de África e ir a Roma, donde nadie me conocía. Dio la casualidad que a los pocos días los vándalos asediaron y saquearon la ciudad, muriendo en ella mis padres y también Agustín de Hipona. Hace 15 años, en el CDXXX.

lunes, 23 de febrero de 2009

Glosario de términos

Algunos términos que utilizaré en la historia. Iré poniendo más a medida que vaya escribiendo:

Hérulos: Pueblo germánico del cual era líder Odoacro, el que depuso al último emperador de occidente en el 476, año que se considera el inicio de la Edad Media.

Esciros: Un pueblo germánico.

Vándalos: Pueblo germánico que habitaba en el Báltico hasta entrar en los limes del Imperio. Se establecen como federados del Imperio en Hispania en el 409. Posteriormente atravesarán el Estrecho y saquearán el África Romana tomando Cartago el año 430. Sus límites correspondían los países actuales de Túnez y el norte de Argelia, Sicilia, Córcega y Cerdeña y las Islas Baleares. El reino desaparece con la conquista bizantina de la región el año 534.

Rómulo Augústulo: Último emperador de Occidente (475-476). Tenía 15 años de edad cuando le depuso Odoacro. No se sabe qué pasó con él después de su destitución.

Zenón : Emperador de Oriente (474-491). Sucumbió el imperio de Occidente durante su reinado.

Odoacro: Era el rey de los hérulos. Depuso al último emperador de occidente y se proclamo como rex Italiae. Muere al invadir Italia otro pueblo germánico, los ostrogodos, instigados por Oriente. Durante su reinado las estructuras romanas se mantuvieron intactas.

Anastasio I: Emperador de Oriente (491-518). Revigorizó la economía de Oriente y consiguió expulsar el elemento bárbaro de los ejércitos bizantinos. Sus medidas permitieron que Justiniano llevara a cabo su renovatio imperii

Bizantino: Se suele utilizar el término bizantino a la parte oriental del Imperio Romano después de la caída de Occidente principalmente para diferenciarlos. El término bizantino fue propuesto en el siglo XVIII, por lo cual ellos mismos se hacían llamar romanos, hasta la caída de Constantinopla en 1453.

ante meridiem nonae September: Me refiero al día anterior a las nonas de septiembre. Las nonas eran los días 5 de cada mes.

miércoles, 18 de febrero de 2009

INTRODUCCIÓN

Segunda vuelta y media del reloj de arena. Ajetreo en palacio y ruido en el exterior. Voces histéricas de sirvientas y cocineras que corren sin cesar, y soldados guiados por centuriones para defender la puerta principal. El caos general me despierta, aunque al poco entra un legionario diciéndome:

- Constancio, están intentando derribar la puerta principal. Parece una nueva revuelta de bárbaros-. Se aleja corriendo y se reincorpora al pelotón bajo las órdenes de un centurión.

Las puertas no resisten y los bárbaros, esta vez de origen hérulo, penetran en palacio. Parece ser que su líder es Odoacro, un tipo de origen huno o esciro. Los soldados de palacio no pueden hacer nada por contener a aquellos asaltantes y éstos se dirigen directamente al dormitorio del emperador, encabezados por su líder.

Los cortesanos nos acercamos corriendo hasta el dormitorio y contemplamos la escena. Odoacro levanta al emperador Rómulo Augusto, de catorce años y le quita sus insignias imperiales tirándolas por el suelo. Manda a un soldado que las recoja, le da unas instrucciones en su lengua y se larga. Años más tarde me enteré de que las órdenes exactas habían sido: “Envía estas insignias a Zenón, en Constantinopla diciéndole que estoy a su entera disposición para lo que él ordene. Ya no se necesita a un pelele como Rómulo”.

Estos hechos ocurrieron en el ante meridiem nonae September en el segundo año de reinado del emperador Rómulo Augusto (cuatro de septiembre del año 476 D.C) En su momento no parecía que fuese a cambiar demasiado la situación, al final sólo resultó un golpe de estado más. Pero ya con mis años noto que esta situación no se arreglará en mucho tiempo, vamos de mal en peor.

Mi nombre es Constancio. Soy cronista y resido en el palacio imperial de Constantinopla, bajo órdenes directas del emperador de Oriente, Anastasio I.

Aquí empieza mi historia y acaba la hegemonía romana en Europa.